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Stephen Graham

Si me preguntasen cuando fue la primera vez que lo vi en pantalla, me arriesgaría a responder que fue allá por principios de los 90. Pero repasando su filmografía parece imposible que haya sabido algo de él antes de 2000, año del estreno de Snatch, la película con la que Guy Ritchie pulió y reafirmó todo lo que había hecho en Juegos , trampas y dos armas humeantes y se convirtió en celebridad.

En Cerdos y diamantes es Tommy, el compañero de desventuras de Jason Statham. Eclipsado por un elenco rebosante de estrellas procedentes de ambos lados del Atlántico (desde Dennis Farina hasta Brad Pitt, pasando por el latino Benicio del Toro) ese rol de perdedor le valió, de todas formas, un lugar al lado de DiCaprio en Pandillas de Nueva York, de Scorsese, dos años después.

Desde esas dos cintas masivas hasta hoy, el rostro de Graham se repitió en infinidad de películas, hasta el punto de convertirse en esas típicas caras que sabemos hemos visto antes, pero no recodamos dónde y, mucho menos, su nombre.

A pesar de este eco visual, especie de deja vú que es específico del séptimo arte, soy un convencido de que quien mejor supo aprovechar el histrionismo de SG fue el cine británico.

Hay un período de tres años de su historial fílmico que abarca tres películas de las mejores -y menos obvias- que contaron con su participación. Van desde el tanque de Scorsese hasta que Michael Mann lo convoca para ser Baby Face Nelson en Enemigos Públicos.

This is England es uno de los estandartes cinematográficos de Shane Meadows. En 2006 estrenó la película y, luego, hizo tres miniseries que seguían la vida de su personaje principal, Shaun, adelantándose a una idea que Linklater, si bien venía filmando desde 2002, recién daría a conocer en 2014 con Boyhood.

En TIE Graham es Combo, un skinhead que sale de prisión y busca recuperar el liderazgo de su vieja banda -a la cual se ha sumado el pequeño Shaun-, que en su ausencia ha perdido mucho de los valores que enarbola la bandera de los cabezas rapadas, entre ellos el racismo.

Buen exponente del cine inglés de este siglo, es un relato sobre el paso de la infancia a la adolescencia en un contexto de pobreza, ausencia paterna y, sobre todo, violencia.

Las restantes dos cintas son de 2009. Y son absolutamente opuestas. Doghouse es un delirio sobre un virus que convierte a las mujeres de un pueblo en zombies hambrientas de carne humana. Políticamente incorrecta, la obra de Jake West parece seguir senda marcada por Shaun of the dead cinco años antes, pero en una curva se va al pasto y no vuelve más.

The damned united se mete con uno de los astros de la historia futbolística de Inglaterra: Brian Clough. No es una biografía, sino que muestra simultáneamente dos momentos, uno de los cuales explica el restante.

El primero es el exitoso paso del técnico por el Derby County y el nacimiento de su enemistad con el técnico y los jugadores del Leeds United. La segunda muestra las pocas semanas que estuvo en el banco de…. el Leeds United.

Clough es interpretado por un gigante Michael Sheen. Graham es Billy Bremner, uno de los íconos del Leeds que detesta al técnico y le hará la vida imposible hasta que se vaya. Una joyita de Tom Hooper.

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La crisis según McKay

Ficciones como The company menMargin Call, o documentales como Inside job, dejaron bien claro quienes fueron los culpables de la crisis 2008 y quienes sufren las consecuencias. Entonces, ¿cuál es la razón de ser de La gran apuesta? Me hice esta pregunta infinidad de veces antes de verla y por eso recién hoy estoy escribiendo sobre ella. Para quienes no encuentren una respuesta convincente, una buena excusa es conocer a su director: Adam Mckay.

Director, guionista y eventualmente actor, McKay es el creador (¡de pie señores!) de Ron Burgundy, y es el responsable de algunas de las mejores comedias de Will Ferrell (subjetividad pura que comparto probablemente con dos o tres personas más en el resto del mundo).

En The big short se exige dar una explicación de lo que sucedió con las subprime -y por qué todo se fue al carajo- contando la historia de algunas personas que supieron lo que iba a pasar mucho antes de que el caos se corporice, y que además ganaron millones apostando contra el sistema financiero de su país.

Lejos de celebrar este atrevimiento, parece afirmar: “Miren, cualquier persona con dos dedos de frente, si hubiese indagado un poco, habría llegado a la conclusión de que, tarde o temprano, todo se iba a ir a la mierda. No tiene nada de malo si de paso ganamos algunos dólares”.

Con poca formalidad, alejándose del tono de cintas como las de J.C. Chandor y John Wells -sobre todo porque Mckay tiene un estilo propio muy acentuado- expone el caso de este grupo de personas que ganaron en un escenario en el que casi todos perdieron (o por lo menos eso parecía, después nos enteramos que los que perdieron fueron los perejiles y que gerentes de bancos se autopremiaron con sumas gigantes de dinero).

El Ben Ricket de Brad Pitt resume en pocas líneas el espíritu de la película. Cuando sus dos jóvenes pupilos festejan bailando por la millonada de dólares que acababan de ganar, les pide que no festejen, porque miles de estadounidenses estaban a punto de quedarse en la calle.

McKay tiene la clara intención clara de mostrarnos que ese micromundo financiero está podrido, que, por ejemplo, dentro de él las personas se prostituyen -no sólo sexualmente, que sería lo de menos- sin pudor y que el único fin es el dinero (y muchas veces es también el medio).

No se le escapa, sin embargo, que el hedor está en todas partes. Estamos en pleno boludeo, nos llenan de basura las 24 horas del día y la consumimos sin chistar; McKay lo demuestra con inserts de programas y publicidades televisivas. Nos distraen para que dejemos pasar lo realmente importante, somos el burro que va detrás de la zanahoria, somos los últimos de la fila y de puntas de pié ni siquiera llegamos a ver las sombras de la cueva de Platón.

Hacer ciencia ficción sin plata

El cine independiente ha incursionado con buenas dosis de calidad en la ciencia ficción, con ejemplares que son dignos competidores de cualquier superproducción hollywoodense repleta de estrellas. Hubo una época en la que el terror fue el que atrajo a realizadores cortos de recursos (ahí tenemos el caso de Wes Craven), pero en algún momento hubo dramas indie por donde se mirara y, de a poco, la diversificación alcanzó a casi todos los géneros. Seguir leyendo Hacer ciencia ficción sin plata