“Revolutionary Road”, de Sam Mendes.

revolutionary-roadEn un típico suburbio estadounidense de mediados de la década del 50, una joven pareja y sus hijos aparentan vivir felizmente, como casi todos los que habitan el interior de esas calcadas fachadas. Pero la supuesta grata existencia es una puesta en escena detrás de la cual viven una pesadilla los personajes interpretados por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet.

La pareja protagónica de “Titanic” -hace ya más de diez años- es en “Revolutionary road” un matrimonio que intenta dejar atrás una vida que reconocen como mediocre y ordinaria mudándose a París, en un intento de reafirmar también el vínculo que los une.

Para absolutamente todos sus amigos y conocidos están a punto de cometer la locura más grande de sus vidas: abandonar todo lo que tienen para ir a Francia sin absolutamente nada, y -sobre todo- con la idea de que ella sea quien trabaje mientras él analiza que es lo que le gustaría hacer con su vida fuera de ese alienante trabajo en el cual está desperdiciando sus últimos buenos años.

Sólo un personaje apoya esta suerte de escape de la mediocridad y es -en un giro genial de la historia- un personaje con serios problemas psicológicos. O sea: mientras los cuerdos no pueden entender de qué están hablando, es el loco (un majestuoso Michael Shannon) quien está en su misma sintonía.

Mientras el espectador esté ante “Revolutionary road” va a sufrir esta encrucijada que -sobretodo- intenta sobrellevar Frank Wheeler (DiCaprio). ¿Estamos a punto de cometer la mayor estupidez de nuestras vidas? ¿o ha llegado ese momento en que debemos parar y decir, `esto no es lo planifique para mí, creo que merezco más`, y arriesgarse por conseguirlo aunque a la vuelta de la esquina esté esperando el fracaso?.

Poco su puede decirse del trabajo de Sam Mendes, salvo que nuevamente ha cubierto las expectativas realizando una más que aceptable adaptación de la novela de Richard Yates.

Su gran logro es transmitir tan claramente las características de la típica familia norteamericana ideal en los inconfundibles años de la segunda posguerra, que intenta por todos los medios evitar la disolución de los muy débiles lazos que resisten el paso del tiempo, tratando de convencerse y convencer a los demás de que esa felicidad que parece agonizar está más viva que nunca, aunque para nosotros espectadores es más que claro que nos es así.

Todo un reflejo de una sociedad que Mendes retrata con pinceladas de genialidad como supo hacerlo en “American Beauty”.

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